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Tu Ansiedad No Está en Tu Cabeza: Lo que Tu Cuerpo Grita Cuando Tu Voz Calla

  • Foto del escritor: Victor Hugo Mar  Plascencia
    Victor Hugo Mar Plascencia
  • 5 oct 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 16 oct 2025


¿Alguna vez has sentido que la ansiedad te ataca sin aviso? Un latido acelerado sin motivo aparente, una tensión en el pecho que no se relaja, un nudo en el estómago que te acompaña todo el día. Buscas en tu mente una razón, un problema concreto que justifique este malestar, pero no encuentras nada lo suficientemente grave. Y te dices: "Debería calmarme, es solo mi cabeza jugándome una mala pasada". Pero, ¿y si te dijera que la ansiedad no es un fallo de tu mente, sino un mensaje urgente de tu cuerpo? Lo que no se habla, no se puede callar, y tu cuerpo se ha convertido en la caja de resonancia de todo aquello que tu voz no se atreve a expresar.


La ansiedad, en su esencia más cruda, es el cuerpo gritando lo que la boca calla. No es un enemigo a eliminar, sino un sistema de alarma perfectamente diseñado que se activa cuando algo en nuestra vida emocional está en peligro. Cuando no podemos poner palabras a un conflicto interno, cuando tragamos un "no" que deberíamos haber dicho, cuando nos obligamos a permanecer en situaciones que nos duelen, la energía emociona no desaparece. Busca otro camino para expresarse, y lo encuentra a través de lo que llamamos psicosomatización.


Detrás de esta somatización suele haber una compulsión a la repetición de patrones que nos agotan. Decir sí cuando queremos decir no, permanecer en puestos de trabajo que nos enferman, mantener relaciones que nos desgastan. Son guiones invisibles que repetimos automáticamente, y el precio que pagamos es este malestar que se instala en nuestro cuerpo. Muchos de nosotros recurrimos a lo que llamamos "pitos y flautas" - esos excesos conductuales con la comida, el alcohol, el trabajo o las compras - en un intento desesperado por silenciar la alarma, por llenar huecos existenciales que piden a gritos ser atendidos de otra manera.


Entonces, ¿cómo se trabaja con esta ansiedad que habla a través del cuerpo? En el espacio terapéutico, no buscamos acallar el síntoma, sino aprender a escuchar su mensaje. Mi rol es acompañarte a traducir el lenguaje del cuerpo, a ligar el fenómeno con la palabra. Juntos, podemos comenzar a masticar y digerir la crudeza de lo que tu cuerpo ya no puede contener.

Te propongo un camino de exploración, un proceso para comenzar a dialogar con tu ansiedad:


Primero, en lugar de luchar contra la sensación, permite el "vómito" crudo. Cuando sientas la ansiedad, no la rechaces. Siéntela. ¿Dónde se localiza? ¿Es un calor? ¿Un frío? ¿Una presión? ¿Una opresión? Nómbrala sin juzgarla. "Hay un nudo en mi estómago del tamaño de un puño". Este es el primer paso para dejar de verla como un enemigo.


Luego, viene la "masticación". Pregúntate: ¿Qué estaba sucediendo justo antes de que apareciera esta sensación? ¿Qué pensamiento, por fugaz que fuera, pasó por mi mente? ¿Qué situación estoy evitando pensar? ¿A qué emoción más profunda (rabia, tristeza, miedo) le tengo tanto miedo que mi cuerpo ha tenido que expresarla por mí de esta manera?


Finalmente, llegamos a la "digestión". Se trata de encontrar las palabras para lo indecible. Escribir, hablar, crear. Darle una narrativa a la tensión en tu pecho. Tal vez ese nudo es la rabia por un límite que no pusiste. Quizás ese temblor es el miedo a defraudar a alguien. Al ponerle palabras, el cuerpo deja de necesitar gritar tan fuerte.


Este viaje no es sobre eliminar la ansiedad, sino sobre recuperar tu voz. Se trata de entender que el cuerpo grita lo que la boca calla, y que la verdadera curación comienza cuando nos atrevemos a ponerle palabras a ese grito. Tu ansiedad no es tu enemiga; es la mensajera incómoda de las partes de ti que claman por ser escuchadas, reconocidas y, finalmente, integradas.

Y tú, ¿qué mensaje crees que ha estado intentando entregarte tu cuerpo a través de la ansiedad, que tú aún no te has permitido escuchar?


 
 
 

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