¿Por qué nos cuesta tanto soltar lo que fue un refugio, pero hoy es una jaula?
- Victor Hugo Mar Plascencia
- 6 oct 2025
- 3 Min. de lectura
¿Alguna vez te has encontrado aferrándote a algo —una relación, una forma de pensar, una costumbre— que sabes, en lo más profundo de tu corazón, que ya no te hace bien? Es como caminar en círculos dentro de un espacio que antes fue tu lugar seguro, pero que ahora sientes que te aprisiona.
Lo conocemos bien: esa sensación de volver una y otra vez a lo conocido, aunque duela. Ese alivio momentáneo que te da volver a esa persona, a ese hábito, a esa rutina mental, seguido de un vacío que se queda resonando dentro de ti. Tal vez es ese vínculo que te da paz por unos instantes, pero que después te deja agotado y sin energía. O esa forma de evadirte que durante años te ayudó a no sentir, pero que ahora te tiene desconectado de tu propia vida.
Pensar en soltar se siente como mirar hacia un abismo. Preferimos quedarnos en lo conocido, aunque sea incómodo, porque al menos es familiar. Nos volvemos prisioneros de nuestras propias formas de consuelo, incluso cuando dejaron de consolarnos hace tiempo.
Y es que lo que estamos intentando soltar no es solo un mal hábito. Estamos enfrentando un duelo. Esas viejas satisfacciones formaron parte de un guion que escribimos cuando éramos más vulnerables, cuando necesitábamos algo —o alguien— que nos ayudara a sobrevivir. Lo que hoy sentimos como una jaula, en su momento fue un verdadero refugio. El problema es que nuestra mente registró esa estrategia como la solución más rápida, aunque sus efectos ahora sean dañinos.
Cuando intentamos soltar, no sentimos inmediatamente la liberación. Lo primero que llega es el miedo a lo desconocido, la angustia de perder eso que, aunque nos haga mal, al menos es predecible. Nuestra psique prefiere la miseria conocida antes que la posibilidad incierta de algo nuevo. El verdadero trabajo consiste en aceptar que ese camino, por más familiar que sea, ya no sirve a la persona que eres hoy.
El precio de no hacer este trabajo se paga caro, aunque a veces no nos demos cuenta de inmediato. Cuando silenciamos esa voz interna que pide cambio, cuando no damos palabras a lo que nos pasa, el malestar busca otras salidas. Lo que no se habla, no se puede callar del todo —y el cuerpo termina gritando lo que la boca calla. Esta resistencia a soltar nos mantiene anclados en un pasado que ya no existe, nos llena de resentimiento hacia nosotros mismos y nos impide vivir plenamente en el presente.
El camino para soltar no es una carrera contra el tiempo, sino un proceso de acompañamiento. En terapia, no se trata de buscar una solución mágica, sino de crear un espacio seguro donde puedas mirar con compasión esa parte tuya que se aferra a lo conocido. Mi rol es caminar a tu lado mientras exploramos juntos qué necesidad profunda sigue alimentando ese patrón, y qué emoción estás evitando sentir al mantenerlo.
Se trata de aprender a nombrar lo obvio: la tristeza que trae el soltar, el miedo a lo nuevo, la rabia por tener que dejar atrás algo que tanto costó construir. Usamos la palabra como herramienta para digerir esa pérdida, para darle sentido a lo que duele. Solo cuando logramos entender qué significa realmente soltar, podemos liberarnos de ese peso invisible y elegir conscientemente nuevas formas de satisfacción que sean verdaderamente nutritivas para quien eres ahora.

Renunciar a lo que fue placentero, aunque hoy duela, es quizás uno de los actos más profundos de amor propio. Requiere coraje, sí, pero es también un regalo que le haces a la persona en la que te estás convirtiendo. El malestar que sientes no es una condena, sino una señal —un recordatorio de que hay otros caminos posibles. Y no tienes que recorrerlos solo.



Comentarios